Latinoamérica debe resolver su déficit educativo

 

Latinoamérica se encuentra en la sección más alta de la escala global, dado que su capital humano (definido como el valor presente de las ganancias de toda una vida) representa 60 por ciento del PIB. No obstante, la mayoría de sus naciones tiene dificultades para escapar de la trampa de la renta media, lo que resulta paradigmático.

Los economistas astutos señalan la falta de diversificación económica, el lastre de los mercados laborales informales y una gobernanza débil como las principales razones para el tímido crecimiento económico latinoamericano. Los datos del Banco Mundial sugieren cada vez más que el progreso lento del capital humano es igualmente responsable del estancamiento de la región. Los sistemas educativos latinoamericanos tienen buena parte de la culpa. Infortunadamente, los nuevos líderes de Brasil y México, las dos economías más grandes de la región, podrían empeorar las cosas.

Latinoamérica ocupa el segundo puesto entre los mercados emergentes —detrás de Asia del Este— en cuanto al peso del capital humano en su mezcla económica, en comparación con el capital financiero y el natural (es decir, la tierra). Un magnífico ejemplo de esta fortaleza es el sector de las tecnologías de la información uruguayo, el cual maneja funciones operativas para muchas firmas financieras y de seguros europeas. Otro es el de la ingeniería aeroespacial en Querétaro, México, hogar de compañías de clase mundial como Bombardier, Airbus, General Electric y Safran. El último es Brasil, como líder del mercado de los biocombustibles.

Vale la pena aclarar que existen diferencias enormes en el hemisferio. Chile, Costa Rica y Argentina se parecen a EU y Japón en cuanto a la importancia de las personas en la creación de riqueza económica; Haití, Guatemala y Honduras están más cerca de Nigeria y Sierra Leona. Venezuela, Bolivia y Cuba no comparten sus datos, pero los dos primeros definitivamente se encuentran cerca del fondo en la clasificación del capital humano, y de la riqueza regional, en general.

Estas ganancias de toda una vida que sostienen muchas economías dependen de la educación. En esto, Latinomérica se queda atrás. La región se encuentra en el tercio inferior de los resultados de las pruebas del Programa Internacional para la Evaluación de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Chile, el mejor de la región, ocupa el puesto 44 entre 71 países. México y Brasil se encuentran en los terribles lugares 58 y 63, respectivamente. Los resultados de la educación también son bajos en toda la región: las patentes son escasas, y el gasto en investigación y desarrollo es apenas un tercio del de los países de la OCDE.

No es que Latinoamérica no gaste dinero: los desembolsos promedio para la educación pública son de un respetable 5 por ciento, similares a los de EU y la Unión Europea. Sin embargo, mucho de eso va a las universidades, no a las escuelas primarias y secundarias, lo que representa un subsidio mayor para los ricos que para los pobres. Además, no cabe duda de que una parte se pierde en profesores fantasma, contratos inflados y otras formas de corrupción. Igualmente importante, los métodos de enseñanza y motivación de los estudiantes aún tienen que cambiar. Para empezar, los profesores con bajos niveles educativos pasan información incorrecta a muchos estudiantes, principalmente en matemáticas y ciencias, y a menudo no se corrige a los estudiantes cuando cometen errores.

Infortunadamente, a algunos de los nuevos líderes latinoamericanos no les interesa solucionar estos problemas. En Brasil, Jair Bolsonaro parece más interesado en eliminar lo que llama la “basura marxista” que se enseña en el salón de clases que en proporcionar las habilidades necesarias para los ciudadanos. Ha amenazado con reducir el currículo básico obligatorio a portugués y matemáticas, recortando las ciencias, las humanidades y los estudios sociales. En México, Andrés Manuel López Obrador está deshaciendo reformas educativas que reemplazarían la memorización por el pensamiento crítico en los currículos. Además, está aniquilando indicadores y evaluaciones de docencia que generarían más responsabilidad y mejor enseñanza para la juventud mexicana.

En toda la región, muchos debates educativos están atascados en el siglo XX, en vez de enfocarse en preparar a los ciudadanos y los trabajadores para la primera parte del siglo XXI. Sí, se necesita destinar más dinero a los primeros años y no a la educación superior, a fin de abrir más oportunidades para la mayoría de la juventud.